Damien Hirst en Palazzo Grassi y Mark Tobey en la Peggy Guggenheim Collection

“Treasures from the Wreck of the Unbelievable” de Damien Hirst en Palazzo Grassi, Venecia

Luca Lembo. Venecia, 26/06/2017.

En tiempos de Biennale, Venecia presenta una variedad casi infinita de eventos paralelos que aprovechan la ocasión de la muestra de arte contemporáneo más prestigiosa del viejo continente. Entre todos, hay que destacar la importancia de la gran exposición que Palazzo Grassi y Punta della Dogana dedican a la obra del inglés Damien Hirst.

Treasures from the Wreck of the Unbelievable, abierta hasta el 3 de diciembre próximo, es el resultado de un extraordinario hallazgo en el lecho oceánico, frente a la costa sur-oriental de África: tratase del buque naufragado Apistos (Increíble), cuya carga está compuesta por testimonios de un pasado fantástico; desde Mickey Mouse a los faraones egipcios, de las figuras mitológicas griegas y romanas a los dioses orientales, pasando por hallazgos procedentes de la América precolombina, la exposición surge de un trabajo de reinvención de lo extraordinario y lo fantasmagórico a lo largo de la historia del hombre. La imagen símbolo de la muestra es, sin duda, la colosal reproducción de la estatua de un demonio con copa, situada en el medio del patio de Palazzo Grassi; pese a sus rasgos espantosos, probablemente no se trataba de una criatura malvada según su cultura de procedencia, dado que los demonios podían desempeñar también una función positiva y apotropaica, es decir, de protección de la comunidad. Por ello, se trata del símbolo perfecto para la ambigüedad del programa artístico de Hirst.

Otra gran institución veneciana es la Peggy Guggenheim Collection, que acoge, hasta el 10 de septiembre, una exposición retrospectiva del informalista norteamericano Mark Tobey.

“Wield Field” de Mark Tobey, 1959 (detalle)

La muestra Luce Filante pone en evidencia la sensibilidad de Tobey, una poética del microcosmo que el artista expresa a lo largo de todo su recorrido, desde los años veinte a los setenta del siglo pasado. Su mejor marca distintiva es la “escritura blanca”, una serie de signos caligráficos en blanco sobre fondo gris o azulado, inspirados en la escritura oriental.

A pesar de todo, el motivo principal por el cual vale la pena visitar el museo Guggenheim de Venecia sigue siendo su colección permanente: hacerlo es la ocasión perfecta para reconectar con todos los maestros del siglo XX; que sea una escultura móvil de Calder o un cuadro cubista de Picasso, una broma dadaísta de Duchamp o un experimento de arte gestual de Pollock, todas las obras de la pequeña colección son testimonios de inestimable valor de aquel proceso de renovación, fragmentado pero constante, que fue el arte del siglo pasado.

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