“Dolor y gloria”, el tiempo según Pedro

Casi tres años después de presentarnos a Julieta (2016), el cineasta español más reconocido en el mundo nos trae estos días Dolor y gloria. Se trata de una película esperadísima por muchas razones, entre ellas porque después de ahondar en el universo femenino con su última obra, ahora Pedro Almodóvar nos entrega una cinta sustentada sobre todo (pero no únicamente) en dos actores del calibre de Antonio Banderas y Asier Etxeandia. Un historia con matices autobiográficos cuyos fondo y forma no hacen sino complementar lo transmitido en otros títulos como La ley del deseo o La mala educación.

Salvador Mallo (Antonio Banderas) es un director de cine cuyos mejores días quedan ya muy lejos. Hace ya varias décadas que saboreó el éxito con Sabor, pero la Filmoteca la va a recuperar proyectándola al público en un pase especial. Para ese evento cuenta con él y con su actor protagonista, Alberto Crespo (Asier Etxeandia). La relación entre ambos es inexistente desde aquel rodaje pero Salvador tratará de limar asperezas con Alberto, quizá como parte del proceso de redención con su pasado en el que está envuelto últimamente. De ahí que sus recuerdos de infancia y madurez con su madre (figura imprescindible en el universo almodovariano interpretada esta vez por Penélope Cruz y Julieta Serrano) y el regreso de su amor de juventud le hagan emprender un doloroso recorrido hacia sí mismo en el que quedará clara la importancia vital que para él tiene el arte y el hecho de crear como forma de vida.

Una vez más, Pedro ha sabido elegir con maestría a sus compañeros de viaje. Si bien es cierto que Banderas y Etxeandia están excelentes en los papeles principales de la película, su nivel interpretativo se ve igualado por las dos enormes actrices antes mencionadas. Además, la aportación de Nora Navas, Leonardo Sbaraglia o Raúl Arévalo cumple prefectamente con su cometido de dar credibilidad y brillo a partes iguales.

Lo leerán en muchos más sitios y es cierto: esta película es la representación perfecta del Almodóvar más maduro, más sereno, más introspectivo. Pero ante todo, Dolor y gloria es “muy Almodóvar”. Y eso implica calidad en cada mínimo detalle de su metraje, desde el guion hasta los planos, desde el mensaje hasta la música del eterno Alberto Iglesias. Otra muesca, por tanto, en el revólver del realizador manchego. Una historia más con vistas a engrandecer una figura de proporciones incalculables para nuestro cine.