“La vida de Anna”, la cruda realidad

Tania Sanz. Madrid, 16/06/2017

Anna (Ekaterine Demetradze) es una joven madre soltera que debe hacerse cargo de su hijo autista, sin recibir ninguna ayuda por parte de su ex marido o del gobierno georgiano, y de su abuela con principio de demencia senil, mientras trabaja en tres sitios diferentes para mantener a su familia y su casa. Anna quiere mejorar esta situación e intentará viajar a Estados Unidos, la tierra de las oportunidades.

Nino Basilia en su primer largometraje ha querido expresar la historia de la protagonista de una manera muy personal, por eso asume los tres apartados técnicos más importantes de la cinta: escribe el guión y se encarga tanto de la fotografía como de la dirección. Se acerca así a la corriente que prima en países cercanos como Rumanía o Bulgaria, que retratan, con ese realismo cinematográfico, las dificultades que viven en el día a día sus compatriotas.

La vida de Anna es una película de ritmo pausado, con planos secuencia largos y fijos, que puede ralentizarla y hacer que el espectador pierda un poco el interés en varios tramos; pero que se acerca a las acciones de manera tan natural que parece que estemos ante un documental, dejando tiempo al espectador para reflexionar sobre la situación y las decisiones de su protagonista.

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