Los Fauves, la pasión por el color

imageLuca Lembo. Madrid, 19/11/2016.

Cuando en el Salon d’Automne de 1905, el crítico Louis Vauxcelles vio algunas esculturas clasicistas rodeadas por obras de jóvenes pintores como Henri Matisse, André Derain y Maurice de Vlaminck, utilizó la expresión “Donatello dans les fauves” (Donatello entre las fieras), la cual bien representó la reacción escandalizada del público. Desde aquel entonces, ese grupo de artistas desafiantes, del que formaban parte también Albert Marquet, Henri Manguin, Charles Camoin y Jean Puy, fue conocido como el de los fauvistas.

Para revivir la extraordinaria experiencia de una de las primeras vanguardias del siglo XX, la Sala Recoletos de la Fundación MAPFRE de Madrid propone, hasta el 29 de enero, la exposición Los Fauves. La pasión por el color, que recorre cronológicamente los pasos del movimiento, destacando las etapas más trascendentes.

La muestra comienza analizando el peculiar contexto en que el movimiento surgió, el del Atelier de Gustave Moreau, donde los jóvenes alumnos aprendían a confrontarse con los autores del Louvre y, al mismo tiempo, a romper con los esquemas tradicionales: sacando provecho de la lección de Van Gogh, Gaugin y Cèzanne, el color se convertía en el protagonista, considerándose el principal medio para expresar la visión personal del artista.

De ahí derivan los rasgos esenciales de la pintura fauvista: empleo de colores puros, pinceladas enérgicas, búsqueda de mayor libertad formal. Estos elementos fueron interpretados de manera muy personal por cada uno de los miembros del grupo, siendo lo que realmente define a los fauves las experiencias que vivieron juntos durante el verano de 1905 y los fuertes vínculos de amistad que mantuvieron durante dos años, hasta 1907.

Dicha amistad se refleja muy bien en la segunda sección de la exposición, Los fauves se retratan, en que destacan los  retratos cruzados que realizaron Matisse y Derain el uno al otro. Quizá sean las piezas más icónicas de todo el movimiento, desde luego manifiestan claramente el espíritu de camaradería que compartían sus autores, además del deseo de experimentar y emularse entre sí.

La tercera sección, Acróbatas de la luz, relata sobre la influencia que tuvieron los viajes al sur de Francia durante el verano de 1905 en la producción de esos artistas: Matisse y Derain estuvieron juntos en Collioure; Camoin, Manguin y Marquet también viajaron por la costa mediterránea. La luz cálida de esas tierras dejó una huella profunda en su producción, puesto que les impulsó a intensificar los tonos cromáticos, realizando las obras más atrevidas que presentaron en  el Salón de Otoño del mismo año.

La siguiente etapa es la de la consolidación de la identidad del grupo. Derain viajó a Londres, regalándonos su peculiar visión de la capital británica a través de colores arbitrarios; Marquet se dedicó a representar escenas de vida parisina, mientras Vlaminck, cuyo estilo era el más extremo y siniestro, se instaló en Chatou, en las afueras de París, para pintar paisajes. En el grupo se incorporaron incluso otros artistas, cuales Dufy, Braque y Friesz, que aportaron nueva savia al movimiento.

La llama que los fauvistas encendieron, igual que toda novedad, se apagó muy pronto: como cuenta la última sección de la muestra, Senderos que se bifurcan, sus mismos protagonistas emprendieron caminos diferentes ya a partir de 1907. Sin embargo, los experimentos de los fauves fueron capaces de revolucionar la estética y la sensibilidad artística de sus contemporáneos. En las siguientes décadas, Matisse llegó a ser uno de los grandes maestros del arte moderno, Braque y Dufy sentaron las bases del cubismo, mientras que otros, como Vlaminck, abrieron paso a una nueva vanguardia: el expresionismo.

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