“Nunca estamos solos”, la Europa olvidada

Por  Aarón Cadarso – 24.04.2018

Heredera del derrotismo existencial de Leviatán (2014, Andrey Zvyagintsev), la película fluye en el costumbrismo agotador de una gris República Checa, alejada de sus bellas ciudades.

La frontera, la xenofobia, el comunismo y la justicia son los temas de fondo de una película que amarga al espectador, mostrando la sinrazón de unos protagonistas desubicados y carentes de cualquier expectativa. Carecen de un pasado que los una y de un futuro que los inspire.

El melancólico cine del Este, es propenso a recordarnos la falta de identidad nacional tras la caída del comunismo y su utópico proyecto común. El director Petr Václav, plasma con gran acierto una historia sobre vidas cruzadas que culmina con un grito silencioso, contra el actual estado de la identidad europea, destrozada por el silencio y la indiferencia de quienes la formamos.

La República Checa  es retratada como una nación gravemente envejecida, incapaz de controlar los asuntos sociales que la atormentan. El papel que juegan en todo esto los gitanos, representa la situación límite de una etnia sin pasado destruida por la segunda guerra mundial y rematada por el comunismo.

Sus raíces y costumbres fueron olvidadas pero ellos perduraron y se adaptaron por toda Europa, ya sin un sentido de pertenecía, como le ocurre paradójicamente a los propios países miembros de la Unión Europea.

Se trata por tanto de un alegato en contra de la miserable vida interior que llevamos en todos los niveles sociales, no tanto por las responsabilidades del estado sino por las propias decisiones de sus ciudadanos, que no hacen más que alejarse los unos de los otros. El blanco y negro y el color se entremezclan dando un mosaico de planos que representan deseos frustrados y anhelos extirpados.

El papel que juegan los niños en esta historia es descorazonador, siendo ellos fieles exponentes de la heredada depresión europea y el descarnado desencanto con un capitalismo mal entendido como única vía de escape de una vida fundida con el fracaso y la decepción.

Karel Roden y Miroslav Hanus durante una escena de la película.

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