Refugiado, viaje a ninguna parte

150306_refugiadoJuan Rubio de Olazabal. Madrid, 06/03/2015.

Uno acude a la sala de cine con la expectativa de evadirse durante unas horas y escapar de la rutina propia. Paradójicamente, las buenas películas hacen que esa huida nos termine devolviendo indirectamente a nuestra propia realidad. Es lo que llamamos catarsis: a través de una historia completamente exótica (lejana, ajena a nosotros) los espectadores descubrimos algo que revierte en nuestra propia vida.

Quizás sea lo único que podamos exigirle a una experiencia cinematográfica. Lo único realmente imprescindible: vivir un viaje. Lo demás: género, actores, nacionalidad, temática etc. es superfluo. Incluso el grado de entretenimiento que pueda proporcionarnos.

Por eso Refugiado no termina de cuajar. No importa que sea aburrida y hasta cierto punto previsible. El problema es la ausencia de viaje entre el principio de la película y su final. No podemos reprochar a Diego Lerman que no haya sabido retratar la desprotección a la que se ven abocadas las mujeres víctimas de maltrato en Argentina, pero su historia no va más allá de una serie de peripecias.

La angustia y el desamparo de esta madre, así como el desconcierto de su hijo, están reconstruidos con esmero y realismo. En su vertiente más documental, por así decirlo, Refugiado resulta de lo más satisfactoria.

Sin embargo, su tibieza dramática y la falta de arco narrativo corren el riesgo de dejar indiferente a más de uno. El público saldrá convertido en testigo de una cruda realidad social -y esto no carece de valor- pero en ningún momento habrá olvidado que estaba sentado en una butaca.

Una película puede ser cualquier cosa menos un viaje a ninguna parte.

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