¿Vida o muerte?: Velas apagadas, de Teleatrum, se despide hasta el otoño

Tras tres temporadas en la programación de las salas madrileñas, la asociación cultural Teleatrum ofreció el pasado 29 de julio la última sesión de verano de Velas apagadas en la Sala Azarte de Chueca. No obstante, la compañía tiene intención de seguir representando esta obra en otras salas este otoño y muy pronto estrenará un nuevo proyecto, que probablemente verá la luz en octubre.

Velas apagadas, escrita por Rodrigo Carpio y dirigida por Alberto Márquez, es una obra dura y, en ocasiones, sórdida, que busca impactar al espectador. El título transmite, cuando menos, tristeza. Cuatro personajes muy diferentes aparecen en escena frente al público, cada uno delante de su atril o peana. Se trata de una puesta en escena minimalista, teatro basado en la fuerza de los personajes y la palabra. Solamente dos puertas, bastante ruidosas, a ambos lados del escenario facilitan la salida y entrada de los actores.

Una combinación explosiva: un cura llamado Tomás (Borja Aranda), Jaqueline, una prostituta colombiana (María Granado), Hans, un neonazi (Alberto Márquez), y Esperanza, una joven drogadicta (Ana Caño), hablan el día de su cumpleaños, nos dicen lo que creeríamos saber sobre ellos según su apariencia o profesión, pero, poco a poco, con cada una de sus intervenciones, estos personajes nos confiesan sus miedos y su historia, dejando entrever sus verdaderos pensamientos e intenciones.

Los parlamentos individuales y aislados se acaban cuando entra en escena un misterioso barrendero (Laura Ruiz), que rompe la cuarta pared, conversa con cada uno de los personajes, dejando al descubierto sus secretos, sus pecados y sus demonios, les provoca y termina por hacerles recordar los acontecimientos que tuvieron lugar en el hospital del Sagrado Corazón. A partir de este momento, el escenario se convierte en la habitación de hospital que compartieron los cuatro personajes en algún momento y somos testigos de sus interacciones. Curiosamente, en el hospital, o lugar para la sanación del cuerpo, la enfermedad o los males del espíritu o del alma empeorarán.

Velas apagadas es una historia de amores imposibles, de mujeres engañadas y hombres frustrados, que muestra los estragos que causa el dolor en el ser humano. El barrendero misterioso se refiere al dolor de los personajes como “suciedad que solo se higieniza con amor”, cuestionando, al mismo tiempo, nuestra idea sobre el amor, hacia nosotros mismos y hacia los demás.

Si bien existen momentos de dramatismo exagerado o impostado, los personajes son bastante creíbles, la trama se desarrolla con fluidez y el texto es poético e interesante, alcanzando multitud de significados e interpretaciones para los espectadores. Cabe destacar la escena que nos traslada al terreno de los sueños, anhelos y fantasías de los personajes, a modo de mascarada, que emula los versos y maneras de los grandes amantes trágicos. También resultan eficaces los cambios bruscos de la música que acompaña al estado de ánimo y las acciones de los personajes, desde el fragmento de “Lacrimosa”, del Réquiem de Mozart, al comienzo del espectáculo, hasta la música de inspiración medieval y el heavy metal más intenso.

La luz como sinónimo de vida y esperanza; la oscuridad de muerte y desesperanza o muerte en vida. Velas apagadas propone una reflexión sobre la fina línea que separa la vida de la muerte y la libertad para poder elegir de qué lado estamos. En este sentido, las divagaciones de Jaqueline, la prostituta, son clave para entender el espectáculo. ¿Qué sucede en esa habitación de hospital? ¿Logrará el misterioso barrendero (o debería decir la tentación o la parca) apagar las velas de todos los personajes? Estén atentos, vayan a ver la obra después del verano y lo descubrirán.