Tito Andrónico: un viaje de crueldad y venganza

    Carmen Díaz. Sólo han estado cinco días en cartel, desde el miércoles 27 al domingo 31 de enero, pero eso le ha bastado a la asentada compañía de Teatro de Noctámbulo para no dejar indiferente a todo el público que decidió darse cita en la Sala Roja de los Teatros del Canal con el objetivo de disfrutar de esta maravillosa propuesta escénica. En los últimos tiempos, son varios los montajes de obras de William Shakespeare que han estado en cartelera, hace no mucho compartíamos nuestra opinión acerca de Macbeth. Este hecho denota la fascinación que el dramaturgo inglés sigue despertando aún en el siglo XXI.

    Después del éxito que obtuvo tras su estreno en la 65º edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, esta propuesta de Tito Andrónico con versión de Nando López y dirección de Antonio C. Guijosa ha logrado colgar el cartel de “no hay entradas” en una situación social complicada con la pandemia de la COVID-19. En este punto, reivindicar el hecho que la cultura es segura y prueba de ello es que el propio teatro entrega una mascarilla a los espectadores antes de entrar a la función, los actores llevan puesta la mascarilla cuando se bajan del escenario, y hay distancia de seguridad entre personas, por lo que acudir al teatro es una experiencia en la que, además de gratificante, se cumplen las medidas que garantizan la seguridad.

    Si nos centramos en el montaje, y dejando aparte las cuestiones acerca de la verdadera autoría de la obra, lo que no es discutible es que nos encontramos ante una, sino la más, sangrienta y violenta tragedia del famoso autor. Durante las casi tres horas que dura la función, esta violencia innata al texto se plasma perfectamente desde el primer instante en que los actores pisan el escenario, generándose una atmósfera de tensión que se mantiene durante toda la representación. Con una escenografía sencilla a la vez que práctica, los actores se mueven libremente por el escenario regalándonos unas interpretaciones espléndidas, creíbles, viscerales y en donde podemos ver un arco de evolución de cada uno de los personajes muy claro, con especial hincapié en el actor extremeño José Vicente Moirón, que da vida al general romano Tito Andrónico y cuyo trabajo actoral es de sobresaliente.  Destacables son, también, la iluminación, el vestuario y la composición musical. Esta última, a cargo de Antoni M. March, cumple su función como un elemento más, perfectamente integrado en la historia y en la cruenta atmósfera.

    A pesar de haber leído la obra de Shakespeare, y ser consciente de todas las crudezas que la historia escondía, no pude evitar quedarme perpleja en varios momentos del montaje, siendo uno de ellos cuando Lavinia, tras haber sido violada, asciende por las escaleras de la escenografía para tomar ese plano en el que el espectador se percata de que le han cortado las manos y la lengua, de manera que sea incapaz de delatar a sus violadores. Sin embargo, no todo es sangre y venganza. Haciendo un guiño a la situación de pandemia global que estamos viviendo, y muy inteligentemente, las mascarillas que tan acostumbrados estamos ya a llevar han tenido su hueco en la tragedia skakesperiana en varias ocasiones; desatando las risas del público.

    En Tito Andrónico vemos varias historias de dolor máximo y de venganza llevada al límite en donde la violencia se emplea como herramienta. El espectador viaja con los intérpretes a lo largo de la historia creada por Shakespeare y, al menos en mi caso, tras realizar mi viaje me fui de los Teatros del Canal con varias preguntas sin respuesta que darían para eternos debates filosóficos como son: ¿hasta qué punto merece la pena la venganza? o ¿Hasta dónde somos capaces de llegar para llevarla a cabo?